Un mundo vacío
arrebató la esencia de la rosa:
no su color,
no su herida,
sino aquello invisible
que la hacía necesaria.
Mundo esencial,
de manos manchadas
de rosas naciendo
para morir en otras manos.
Cada día,
el mismo ritual:
cultivar, cortar, ofrecer.
Hasta que el viento.
De un solo soplo
—ciego, sin memoria—
arrasó los tallos,
deshizo el color
y quebró el aroma.
El mundo, de pronto,
sin su costumbre de belleza,
empezó a pudrirse.
Ya no había rojo,
ni espinas,
ni gestos que sostener.
Solo un olor espeso,
silencioso,
ocupándolo todo.
Y el vacío,
hambriento por primera vez,
no encontró nada
que devorar.
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